Simone Biles, la mujer que todo lo ha cambiado | Juegos Olímpicos 2021


Simone Biles ha revolucionado la forma –la fuerza y las acrobacias han dejado en segundo plano la gimnasia de la perfección del gesto técnico como objetivo absoluto—y el fondo de la gimnasia artística femenina, y las gimnastas ya no son niñas que se callan asustadas, sino mujeres con voz. Y las deportistas son felices. Y cuando oyen la palabra gimnasia la mayoría de las personas la asocian a la imagen de una mujer dando saltos sobre un potro o haciendo cabriolas sobre el suelo con muelles de un gimnasio, y no a la de un Cristo en las anillas como Blume o a un japonés felino sobre los aros de un caballo.

“Gracias a Simone ya empiezas a ver cómo la gente te dice, ostras, gimnasia, qué guay…”, dice la gimnasta española Laura Bechdeju. “Es inalcanzable como campeona, pero no nos eclipsa, al contrario, nos da más luz, y nosotras vamos trabajando para poder eclipsar algún día a los demás, o a nuestro país… Gracias a ella se está dando a conocer que la gimnasia mola muchísimo”.

La gimnasia femenina ha cambiado. Han cambiado los entrenadores y la forma en que trataban a deportistas en la mayoría de los casos en edad infantil, y han cambiado las gimnastas, dueñas ahora de su autoestima y de la palabra. Han abolido el modelo tan admirado de Bela Karolyi, el entrenador que a fuerza de golpes físicos y de humillaciones morales y públicas más parecidas al bullying que a una relación sana, revolucionó los métodos de entrenamiento, produjo a la fenomenal Nadia Comaneci y se convirtió en referencia para los técnicos de todo el mundo, ellos mismos exgimnastas criados y madurados con el mismo tratamiento que ponía como objetivo número uno la delgadez casi anoréxica de las gimnastas y la consideración de la comida como veneno.

“Simone ha sacado la gimnasia femenina de los estereotipos de toda la vida, de la órbita”, dice la olímpica española Marina González. “Se puede ser alta, baja, más pequeña, más mayor… Hoy [por el domingo pasado] hemos competido Chusovitina, con 46 años, y niñas de 16 que también nos dan un repaso algunas… Lo bueno de la gimnasia es eso, puedes ser de cualquier tipo físico o de edad, puedes hacer lo que quieras”.

Todo comenzó en 2016 con un escándalo en Estados Unidos, la denuncia por abusos sexuales al médico del equipo norteamericano Larry Nassar contra el que más de 260 gimnastas se atrevieron a declarar, en un juicio que terminó con una condena a más de 200 años de cárcel.

Las voces levantaron un viento que recorrió todo el mundo liberando las lenguas de gimnastas en diferentes países que nunca se habían atrevido a denunciar, y una gimnasta sobre todas, la número uno, la mejor de la historia, no se quedó de lado. Simone Biles finalmente declaró que ella también había sufrido abusos por parte de Nassar y se comprometió a seguir en la gimnasia entre otras cosas para ayudar a todas las gimnastas a hablar y ser escuchadas, y para denunciar a todas las autoridades que permitieron y alentaron tales conductas. Sería impensable ahora la falta de apoyo que padeció unos años la gimnasta española Gloria Viseras cuando denunció los abusos a que había sido sometida por el entrenador Jesús Carballo. Su voz apenas tuvo eco, y mínimo apoyo, sofocada por las voces oficiales y la negativa de la federación a profundizar la investigación.

Simone Biles es la única víctima de Nassar que sigue en activo. Es la líder a quienes todas miran, a quien admiran por su fortaleza física y psicológica. En abril de 2020, Biles estaba entrenando cuando se anunció oficialmente el aplazamiento de los Juegos. Cuenta que inmediatamente se fue a un rincón del gimnasio y comenzó a llorar. No se veía capaz de aguantar un año más. Pasó días de depresión, de falta de sueño, de tristeza. Viajó, se compró una casa, se echó novio, se olvidó de la gimnasia unas semanas, y volvió, aunque siempre una preguntita le taladra el cerebelo constantemente y así lo cuenta a veces: “Fuera de la gimnasia, ¿quién soy yo? Aún me estoy buscando”.

La gimnasta brasileña Rebeca Andrade, en Tokio.
La gimnasta brasileña Rebeca Andrade, en Tokio. LINDSEY WASSON / Reuters

Como Simone Biles, Rebeca Andrade es negra, y como la tantas veces campeona olímpica, ha pasado por momentos de depresión, por llantos, por deseos de dejar la gimnasia, una adicción. En su caso, por las numerosas lesiones, roturas de los ligamentos de la rodilla. La última, durante los Mundiales de Stuttgart 2019, lo que dejó al equipo brasileño fuera de Tokio. Ella está como participante individual. Y, como todas las demás gimnastas del mundo, Andrade, de 22 años, más que otra cosa, admira a Biles, por la que, casi, daría la vida. Y la admira no solo como gimnasta, sino también por su forma de ser la mejor gimnasta de la historia, por la generosidad que demuestra cargando con el peso de hablar por todas las mujeres negras, por su voluntad de cambiar el mundo. Un deseo al que se suma.

“Es una atleta increíble, que representa a muchas de nosotras y que hace brillar los ojos de muchas niñas negras en Brasil, les hace pelear, y lo que ella representa para mí quiero yo, y mis compañeras Lorraine y Daiane dos Santos, serlo para las demás”, dice Andrade, que conquista a las audiencias televisivas el domingo por la noche con un ejercicio de suelo al ritmo funk, y muy brasileño, del Baile de las favelas, de MC Joao, versión órgano de iglesia, guiño de la gimnasta a su madre, evangélica ferviente, toda una declaración de principios. “MC Joao es de São Paulo, como yo, y me identifico mucho”, dice la gimnasta de Guarulhos, y es tan sólida en los restantes aparatos que se mete como una cuña, segunda, entre Biles y su compatriota Sunisa Lee, en la fase de clasificación para la final del concurso completo del jueves, aparte de entrar en las finales de suelo y salto. “Ahora, aún más, recibo muchos mensajes de madres diciendo que necesitábamos esta presencia de gimnastas negras. Y admiro especialmente a Simone por todo lo que soporta. Su psicología tiene que ser muy fuerte”.

Algunas de las mejores gimnastas brasileñas son negras como negras son, gracias al empeño de Biles, decidida a que su deporte deje de ser una cosa de niñas bien, rubitas, de buena familia, muchas de las niñas que se preparan en el World Champions Centre, el gimnasio de Spring, Texas, propiedad de su madre, en el que se entrena la campeona. “Sin Biles, el deporte no sería tan diverso como es y como será”, escribe Juliet Macur en el New York Times, que cuenta que visitó el centro y se sorprendió por la cantidad de niñas “de color” que allí acudían de todas las partes de Estados Unidos. Entre otras se prepara allí Jordan Chiles, que forma parte del equipo de Estados Unidos en Tokio.

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