¿Por qué vive Países Bajos una ola de disturbios que podrían poner al país «camino de la guerra civil»?


Países Bajos, una nación usualmente tranquila, lleva cuatro noches sobresaltada por la ola de disturbios vividos desde el pasado fin de semana, cuando el Gobierno de Mark Rutte decretó el toque de queda como medida para luchar contra la pandemia de coronavirus. Barricadas en llamas, agitadores con capucha y antidisturbios empleándose a fondo para reducir a los rijosos manifestantes son escenas a las que los incrédulos neerlandeses han asistido en las últimas jornadas.

El país conocido antiguamente como Holanda ya ha encadenado cuatro noches que se han saldado con más de cien detenciones cada una: la más grave fue la del martes, con 184, y la de la madrugada de este miércoles, con 131. El alcalde de Eindhoven, John Jorritsma, ha advertido de que si la sociedad no está “unida contra la pandemia, estaremos de camino a una guerra civil”. 

«La gente es muy racional, pero la pandemia ha tenido un efecto terrible en los jóvenes», ha comentado vía telefónica a 20minutos Miguel Rodríguez, coordinador del Centro de Hispanohablantes de Ámsterdam. Por su parte, Julio A. Dumé, director de la Fundación Stichting Nuestra Casa de Rotterdam, enmarca los sucesos a cierto movimiento de rebeldía: «Estamos mal acostumbrados a una vida fácil y a tener las cosas cuando las queremos».

«Confinamiento inteligente»

El primer país europeo golpeado por la pandemia fue Italia, que desde un principio comenzó a  adoptar medidas de confinamiento para frenar los contactos. Decisiones que primero fueron vistas con horror por parte de los socios continentales, pero que después adoptaron en su mayoría y que un año después se han vuelto el pan de cada día.

Pero él Gobierno neerlandés de Mark Rutte prefirió seguir el otro camino. primero optó por lograr la inmunidad de rebaño, como lo quiso hacer su homólogo británico Boris Johnson, y al igual que él tuvo que descartarla inmediatamente cuando sus asesores pusieron sobre la mesa el coste en vidas que esa inmunidad grupal iba a tener.

Entonces Rutte optó por el «confinamiento inteligente», un termino que fue recibido con mucho agrado en la sede del Gobierno y que se basaba en la responsabilidad de los ciudadanos. El mandatario argumentó que la población era lo suficientemente madura como para adoptar sus propias medidas sin que el Gobierno tuviera que obligarlos.

Así, las autoridades solo emitían consejos y «recomendaciones urgentes». Se cerraron la hostelería, los cines, museos y teatros, pero el comercio siguió trabajando sin exigir aforos ni distancia. A los holandeses no se les obligó a usar mascarilla, porque, según el razonamiento, no se les podía «exigir» limitar su libertad. 

Cambio de rumbo

Laa cosas cambiaron el pasado diciembre, cuando Rutte anunció en un discurso televisado: «Países Bajos se confina».  El Gobierno decretó el cierre del país hasta febrero, y el comercio no esencial tuvo que echar la persiana junto con los colegios. 

Medidas que, si bien eran demandadas por un sector de la población (una encuesta reveló en diciembre que un 68% de los neerlandeses quería normas más estrictas y un 49% apostaba por un “confinamiento total”) despertó malestar en otros sectores. De hecho, el discurso televisado del presidente fue interrumpido por una protesta contra las medidas, ante la que tuvo que decir: “Esto no es una gripe inofensiva, como creen los de ahí fuera, es un virus que puede golpear fuerte a cualquiera».

Además, Rutte reacciona al avance en los contagios cuando está a las puertas de las elecciones generales de marzo, en las que busca su cuarta reelección. Las encuestas revelaron a finales de 2020 que el apoyo popular bajó del 73% al 66% en solo un mes.

Toque de queda: la gota que ha derramado el vaso

Sin embargo, la gota que ha derramado el vaso ha sido la implantación el pasado fin de semana del toque de queda nocturno: nadie puede salir sin justificación entre las 21.00 h y las 4.30 h, so pena de ser multados con casi 100 euros. Algo inédito en el país, que no vivía una medida así desde la Segunda Guerra Mundial.

Las restricciones severas llegan con el país posicionado este miércoles en el lugar número 26 en el ránking mundial de muertes por Covid, con 13.772 fallecimientos, según el observatorio de la Universidad Johns Hopkins. Según la misma fuente, en toda la pandemia ha habido más de 970.000 casos y ahora mismo tiene una tasa de incidencia muy similar a la de España, con 434 casos por cada 100.000 habitantes. 

No es la tasa más alta que han tenido: a finales de diciembre rozó los 900 casos. De hecho, para Rodríguez, del centro de Hispanohablantes de Ámsterdam, el toque de queda llega cuando no hay, a su juicio, mucha preocupación por el avance de la pandemia. «Es un poco raro, porque la situación está muy controlada», señala. «Pero el Gobierno está muy preocupado por las nuevas variantes de la Covid».

Tampoco es una media que afecte a la actividad de la mayoría de la gente, considera: no se suele salir a esas horas, y de todas maneras los cines, teatros y gran parte del ocio nocturno está cerrado.

Aunque han sido varias noches de disturbios, Dumé, de la Fundación Stichting Nuestra Casa, comenta que ya la pasada noche hubo más tranquilidad en la zona de Rotterdam en la que vive. «En noches pasadas se notaba el ruido de los fuegos artificiales que tiraban los jóvenes, las sirenas de la Policía, y al día siguiente salías y veías el desastre».  

«Reacción emocional»

Rodríguez, que se define como un ciudadano «totalmente integrado» en la sociedad neerlandesa, descartó que se trate de una reacción general, pues a su juicio la gente entiende las restricciones, y lo limita a grupos aislados. También lo atribuye a una «reacción emocional» por la limitación a la libertad, pues para un joven de 18 años es muy difícil renunciar a reuniones con sus amigos. «No es un movimiento, sino gente que tiene que quemar energía».

«Los jóvenes aquí están en una situación de privilegio comparado con España»

«Los jóvenes aquí están en una situación de privilegio comparados con España», menciona. «Aquí todo está muy bien organizado. El problema creo que es más bien emocional».

Dumé lo define directamente como «vandalismo» y señala que muchos de los participantes en los distubios son de ascendencia extranjera: marroquí turca e incluso antillana.   

El director de la Fundación Stiching Nuestra Casa confía en que la ola de violencia remita, más con las últimas medidas tomadas por las autoridades, que incluso han pedido a los padres que vigilen a sus hijos. 

«No entiendo por qué la gente tiene que quejarse, tienen televisión, streaming, redes sociales», concluye Dumé. 



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