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Las tres fases por las que todo el mundo pasa al visitar Japón

Los que ya han visitado países asiáticos como Japón explican que el choque cultural que sufres nada más bajar del avión es brutal, aunque no lo entiendes realmente hasta que lo vives en primera persona. Eso mismo le pasó a Amaia Arrazola cuando en febrero de 2017 se subió a un avión con destino a Matsudo (Japón) para disfrutar de una beca. Una experiencia que quiso reflejar a través de dibujos hasta conformar un diario de viaje repleto de anécdotas, observaciones y asombros que ahora se han convertido en libro.

En ‘Wabisabi: Un mes en Japón’ (Lunwerg Editores) los lectores lo descubrirán todo sobre el país desde la óptica de una de las ilustradoras más singulares de la actualidad: desde la gastronomía hasta el urbanismo, desde la soledad colectiva hasta la visión del sexo, desde las palabras peculiares hasta las artes. Y también podrán comprender mejor la reacción de todos los viajeros que descubren Japón por primera vez. Según la autora, se pasan estas tres fases:

‘Wabisabi: Un mes en Japón’ está a la venta desde el 20 de marzo
  • Flipar: “De buenas a primeras todo causa un gran asombro: las luces, los ruidos, los sonidos. Es difícil entender nada, pero es indiscutiblemente divertido. Sin comprender, es habitual quedarse boquiabierto, alucinando con la gente, los edificios, la calle, la comida, el comportamiento o incluso el tono de voz. Japón puede parecer una especie de parque de atracciones gigante”.
  • Empezar a comprender e ir entendiendo qué hay detrás del comportamiento de la sociedad japonesa: “A lo mejor ocurre en cualquier país, pero en Japón se acentúa mucho este ciclo del proceso de aproximarse a una cultura diferente. Se tarda poco en descubrir el ‘lado oscuro’, que básicamente se reduce a aspectos como el tema del trabajo, el contacto corporal inexistente, una extraña sexualidad… ¿De dónde viene todo eso? Es la pregunta que suele surgir. Despejar las incógnitas que surgen es parte del encanto de conocer el país”.
  • Acostumbrarse: “Pese al choque cultural, no es difícil acabar mimetizándose con el entorno. Pronto las cosas que en principio maravillan dejan de causar asombro y uno mismo se camaleoniza, deja de destacar y forma parte de la masa, incurriendo en las mismas rutinas que el resto de la población: pararse a comer ramen, dormirse en el metro, no gritar, adecuar el tono de voz, comportarse más discretamente, etc”.

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